Tuesday, November 27, 2007
Sunday, November 25, 2007
Wednesday, November 21, 2007
Überchic: Hugo Boss, fashion für den übermenschen
En 1997 el New York Times reveló un scoop que sacudió al mundo de la moda: la legendaria casa alemana Hugo Boss había diseñado y fabricado los trajes militares de las SS, las camisitas marrones de las SA y los uniformes negro-marrones de los HitlerJungen, entre otros modelos que hicieron estragos entre los regimientos de la 2da Guerra Mundial.

Una de las modificaciones cruciales que introdujo la estética de Boss fue desplazar los signos del poder y del rango de los cascos al corte de la indumentaria de oficiales y soldados. En la 1ra guerra, y quizás como consecuencia de la modalidad de la guerra de trinchera y su demanda física, los trajes carecieron de cuidados particulares en diseño y hechura. Iban prácticamente a pantalón y camisa: una silueta sin gracia, desvaída: sin espaldas, sin cintura.

Es que en la WWI el quid eran los accesorios: el casquito pickelhaube, las medallitas.

Para el advenimiento del Reich, ya eran passé: el rango había encontrado un nuevo lenguaje para manifestarse acorde a las innovaciones retóricas del último Reich. La nueva política de seducción impartía nuevos sentidos a la noción de "desfile", y la moda del soldado se acopló naturalmente a los énfasis estéticos de la nueva Alemania guerrera. Los diseños de Hugo Boss dan cuenta de este giro esteticista e innovador de pensar los cuerpos militares como agentes superindividualizados en el contexto de los desfiles en masa. Precursor de la gramática estelar del S&M, Boss diseñó un método de tayloring que agraciaba las líneas masculinas y profundizaba una figura demandante y vigorosa: el ideal masculino de belleza marcial.

La multiplicidad de modelos regidos por una estética dominante (lo que los diseñadores denominan trivialmente "inspiración") permitía ver la unidad del grupo y distinguir las jerarquías que no comunicaban a través de signos estentóreos más cercanos al tardoromanticismo facial de los bigotes de Bismarck, sino a través de la elegancia del corte, el ancho de las solapas, los apliques meramente adornianos de piel: signos casuales de una autoproclamada aristocracia del ser a través del vestir.



Albergo sospechas de que incluso inventó la hombrera.

Después de la guerra, Hugo Boss continuó aplicando su talento para vestir a la esfera pública, esta vez a los servicios de correos y la policía (LandesPolizei, supra). No por mucho tiempo: Hugo murió en el 48, cuando la batalla en el frente de la moda ya la había ganado Christian Dior, en París, con su New Look del 47 -sólo para frauleins.
En los 50s, el esprit d'epoque llevó la mirada de Hugo Boss hacia los civiles, cuando estrenó su primera producción de trajes masculinos. A partir de los 70s, se enfocó exclusivamente en moda masculina para el trabajador urbano de maletín, si bien mantuvo influencia sobre el look desenfadado de algunas comunidades gays.

En la actualidad, las chaquetitas militares by Boss hicieron un fuerte comeback; por su parte, la línea de perfumes mantiene quizás perversas referencias arias en la efigie del joven sajón que se parece a Ludwig, que no es Wittgenstein.

Una de las modificaciones cruciales que introdujo la estética de Boss fue desplazar los signos del poder y del rango de los cascos al corte de la indumentaria de oficiales y soldados. En la 1ra guerra, y quizás como consecuencia de la modalidad de la guerra de trinchera y su demanda física, los trajes carecieron de cuidados particulares en diseño y hechura. Iban prácticamente a pantalón y camisa: una silueta sin gracia, desvaída: sin espaldas, sin cintura.

Es que en la WWI el quid eran los accesorios: el casquito pickelhaube, las medallitas.

Para el advenimiento del Reich, ya eran passé: el rango había encontrado un nuevo lenguaje para manifestarse acorde a las innovaciones retóricas del último Reich. La nueva política de seducción impartía nuevos sentidos a la noción de "desfile", y la moda del soldado se acopló naturalmente a los énfasis estéticos de la nueva Alemania guerrera. Los diseños de Hugo Boss dan cuenta de este giro esteticista e innovador de pensar los cuerpos militares como agentes superindividualizados en el contexto de los desfiles en masa. Precursor de la gramática estelar del S&M, Boss diseñó un método de tayloring que agraciaba las líneas masculinas y profundizaba una figura demandante y vigorosa: el ideal masculino de belleza marcial.

La multiplicidad de modelos regidos por una estética dominante (lo que los diseñadores denominan trivialmente "inspiración") permitía ver la unidad del grupo y distinguir las jerarquías que no comunicaban a través de signos estentóreos más cercanos al tardoromanticismo facial de los bigotes de Bismarck, sino a través de la elegancia del corte, el ancho de las solapas, los apliques meramente adornianos de piel: signos casuales de una autoproclamada aristocracia del ser a través del vestir.



Albergo sospechas de que incluso inventó la hombrera.

Después de la guerra, Hugo Boss continuó aplicando su talento para vestir a la esfera pública, esta vez a los servicios de correos y la policía (LandesPolizei, supra). No por mucho tiempo: Hugo murió en el 48, cuando la batalla en el frente de la moda ya la había ganado Christian Dior, en París, con su New Look del 47 -sólo para frauleins.En los 50s, el esprit d'epoque llevó la mirada de Hugo Boss hacia los civiles, cuando estrenó su primera producción de trajes masculinos. A partir de los 70s, se enfocó exclusivamente en moda masculina para el trabajador urbano de maletín, si bien mantuvo influencia sobre el look desenfadado de algunas comunidades gays.

En la actualidad, las chaquetitas militares by Boss hicieron un fuerte comeback; por su parte, la línea de perfumes mantiene quizás perversas referencias arias en la efigie del joven sajón que se parece a Ludwig, que no es Wittgenstein.
Monday, November 19, 2007
Zeit und Time
El ser no es ninguna cosa real y concreta, y por tanto nada temporal, mas es, empero, determinado como presencia por el tiempo.

El tiempo no es ninguna cosa real y concreta, y por tanto nada ente, pero permanece constante en su pasar, sin ser él mismo algo temporal como lo ente en el tiempo.

Ser y tiempo se determinan recíprocamente, pero de una manera tal que ni aquél -el ser- se deja apelar como algo temporal ni éste -el tiempo- se deja apelar como ente. Al cavilar sobre todo esto, nos sorprendemos vagando erráticamente entre enunciados contradictorios.

(Para tales casos la filosofía conoce una vía de escape. Se deja estar a las contradicciones y hasta se las agudiza y se intenta conciliar lo que se-contradice, y es por tanto inconciliable, en una unidad más amplia. A este procedimiento se lo llama Dialéctica. Suponiendo que enunciados mutuamente contradictorios sobre el ser y sobre el tiempo se dejasen poner en regla por una unidad que los sobreabarcase, ésta sería, ciertamente, entonces una vía de escape, a saber, un camino que se desvía de las cosas y de la índole o condición natural de ellas, porque no se compromete ni con el ser como tal, ni con el tiempo como tal, ni con la relación interna que uno y otro guardan entre sí.

De paso queda totalmente excluida la pregunta de si la relación entre ser y tiempo es una mera referencia externa, que se deja ulteriormente producir por la yuxtaposición de ambos, o si la conjunción «ser y tiempo» nombra una condición natural de la cosa, tan sólo a partir de la cual resultan tanto el ser como el tiempo.)

Pero ¿cómo debemos comprometernos, haciendo justicia a la cosa, con la condición natural de ésta nombrada por los títulos «Ser y tiempo», «Tiempo y ser»?

Respuesta: En la medida en que, ojo avizor, sigamos con el pensamiento el rastro de las cosas aquí nombradas. Ojo avizor: esto significa por de pronto: no lanzarse precipitadamente sobre las cosas con representaciones no contrastadas, sino más bien seguirles cuidadosamente el rastro con el pensamiento.

Pero ¿nos está permitido tratar al ser, tratar el tiempo como cosas?

Ninguno de ambos es cosa alguna, si «cosa» quiere decir: algo ente. La palabra «cosa», «una cosa», debe significar ahora para nosotros aquello de lo que se trata en un sentido decisivo, un asunto o cuestión en cuyo interior se esconde algo insoslayable.

Ser: una cosa, un asunto o cuestión, presumiblemente la cosa, el asunto o cuestión del pensar.

Tiempo: una cosa, un asunto o cuestión, presumiblemente la cosa, el asunto o cuestión del pensar, si es que, de otra parte, en el ser como presencia habla algo así como el tiempo.

Tiempo y ser, ser y tiempo nombran la relación interna de ambas cosas, la índole o condición natural de la cosa, que pone a ambas, manteniéndola, en interna relación.

Meditar sobre esta índole es tarea del pensar, suponiendo que éste no desista de la intención de perseverar en su asunto.

Ser: una cosa, un asunto o cuestión, pero nada ente.

Tiempo: una cosa, un asunto o cuestión, pero nada temporal.

Del ente decimos: es.

En lo que respecta a la cosa o cuestión « ser» y en lo que respecta a la cosa o cuestión « tiempo» nos mantenemos ojo avizor.


No decimos: el ser es, el tiempo es, sino: se da el ser y se da el tiempo. Con este giro no hemos hecho por de pronto más que cambiar el uso lingüístico. En vez de «es» decimos «se da».

Para retrotraernos a la cosa, más allá de la expresión verbal, tenemos que demostrar cómo se deja mirar y experienciar este «Se da».

El camino apropiado para ello es dilucidar qué es lo que es dado en el « Se da», qué es lo mentado por el « ser» que... se da; que es lo mentado por el «tiempo» que... se da.

De acuerdo con esto intentamos divisar, proyectando hacia delante la mirada, el Se o Ello que da ser y tiempo.

Le seguimos primero el rastro con el pensamiento al ser, para pensarlo en lo que tiene de propio.

Le seguimos después el rastro con el pensamiento al tiempo, para pensarlo en lo que tiene de propio.

El tiempo no es ninguna cosa real y concreta, y por tanto nada ente, pero permanece constante en su pasar, sin ser él mismo algo temporal como lo ente en el tiempo.

Ser y tiempo se determinan recíprocamente, pero de una manera tal que ni aquél -el ser- se deja apelar como algo temporal ni éste -el tiempo- se deja apelar como ente. Al cavilar sobre todo esto, nos sorprendemos vagando erráticamente entre enunciados contradictorios.

(Para tales casos la filosofía conoce una vía de escape. Se deja estar a las contradicciones y hasta se las agudiza y se intenta conciliar lo que se-contradice, y es por tanto inconciliable, en una unidad más amplia. A este procedimiento se lo llama Dialéctica. Suponiendo que enunciados mutuamente contradictorios sobre el ser y sobre el tiempo se dejasen poner en regla por una unidad que los sobreabarcase, ésta sería, ciertamente, entonces una vía de escape, a saber, un camino que se desvía de las cosas y de la índole o condición natural de ellas, porque no se compromete ni con el ser como tal, ni con el tiempo como tal, ni con la relación interna que uno y otro guardan entre sí.

De paso queda totalmente excluida la pregunta de si la relación entre ser y tiempo es una mera referencia externa, que se deja ulteriormente producir por la yuxtaposición de ambos, o si la conjunción «ser y tiempo» nombra una condición natural de la cosa, tan sólo a partir de la cual resultan tanto el ser como el tiempo.)

Pero ¿cómo debemos comprometernos, haciendo justicia a la cosa, con la condición natural de ésta nombrada por los títulos «Ser y tiempo», «Tiempo y ser»?

Respuesta: En la medida en que, ojo avizor, sigamos con el pensamiento el rastro de las cosas aquí nombradas. Ojo avizor: esto significa por de pronto: no lanzarse precipitadamente sobre las cosas con representaciones no contrastadas, sino más bien seguirles cuidadosamente el rastro con el pensamiento.

Pero ¿nos está permitido tratar al ser, tratar el tiempo como cosas?

Ninguno de ambos es cosa alguna, si «cosa» quiere decir: algo ente. La palabra «cosa», «una cosa», debe significar ahora para nosotros aquello de lo que se trata en un sentido decisivo, un asunto o cuestión en cuyo interior se esconde algo insoslayable.

Ser: una cosa, un asunto o cuestión, presumiblemente la cosa, el asunto o cuestión del pensar.

Tiempo: una cosa, un asunto o cuestión, presumiblemente la cosa, el asunto o cuestión del pensar, si es que, de otra parte, en el ser como presencia habla algo así como el tiempo.

Tiempo y ser, ser y tiempo nombran la relación interna de ambas cosas, la índole o condición natural de la cosa, que pone a ambas, manteniéndola, en interna relación.

Meditar sobre esta índole es tarea del pensar, suponiendo que éste no desista de la intención de perseverar en su asunto.

Ser: una cosa, un asunto o cuestión, pero nada ente.

Tiempo: una cosa, un asunto o cuestión, pero nada temporal.

Del ente decimos: es.

En lo que respecta a la cosa o cuestión « ser» y en lo que respecta a la cosa o cuestión « tiempo» nos mantenemos ojo avizor.


No decimos: el ser es, el tiempo es, sino: se da el ser y se da el tiempo. Con este giro no hemos hecho por de pronto más que cambiar el uso lingüístico. En vez de «es» decimos «se da».

Para retrotraernos a la cosa, más allá de la expresión verbal, tenemos que demostrar cómo se deja mirar y experienciar este «Se da».

El camino apropiado para ello es dilucidar qué es lo que es dado en el « Se da», qué es lo mentado por el « ser» que... se da; que es lo mentado por el «tiempo» que... se da.

De acuerdo con esto intentamos divisar, proyectando hacia delante la mirada, el Se o Ello que da ser y tiempo.

Le seguimos primero el rastro con el pensamiento al ser, para pensarlo en lo que tiene de propio.

Le seguimos después el rastro con el pensamiento al tiempo, para pensarlo en lo que tiene de propio.
Saturday, November 17, 2007
Terror Chic

When Hezbollah released the second version of its video game "Special Force" in August, it demonstrated, yet again, how quickly terrorist groups have taken advantage of technology in order to propagate their worldview. While America dominates the fastgrowing multi-billion dollar video game industry, there has not yet been an effort to develop video games that counter Islamist extremism.

"Special Force 2" updates the 2002 video game with scenarios based on last summer's war between Israel and Hezbollah: players kidnap Israeli soldiers, fire missiles at an Israeli gunboat, and launch Katyusha rockets into Israel. When the game was released a Hezbollah press official, Sheikh Ali Dahir, described it as a recruiting tool stating, "The Lebanese child has the right to know what happened in the south so as to imitate the jihadist action and the act of liberating the land."

Mr. Dahir also showed Hezbollah's sophisticated understanding of communications when he described "Special Force" as "an alternative to the Western patterns that are presented to us in names, language, and tones that are sometimes devoid of content and at other times for not so innocent aims."

Hezbollah is not the only organization using video games as a strategic communications tool. There is a growing movement to develop video games to educate the public on various issues. The U.S. military has long used electronic simulations for training. In 2005, the Army released an online game, "America's Army," as a recruiting tool. But this understanding of the power of video games has not penetrated American efforts to reach out to moderate Muslims.

True, Hezbollah's game designers have the easier task. Hezbollah's anti-Israel message resonates throughout the greater Middle East and last summer's war provides a ready-made narrative. Games that are blatantly pro-American will only come off as ham-handed propaganda.

The point of waging a war of ideas is not to make America more popular. It is to foster attitudes and ideas that marginalize extremists. Increasingly sophisticated and supporting complex narratives, video games could be an ideal platform for the subtle transmission of values and an essential component in the war of ideas.

The best propaganda doesn't look like propaganda, and for video games to be successful they must be fun. Fun is a worthwhile value in and of itself, particularly for people caught in the midst of terrible circumstances, but it can also be a tactical asset.

In particular, video games could be a crucial tool for reaching young men, the same demographic targeted for recruitment by terrorists.

The possibilities for video games targeted at Muslims throughout the world that marginalize extremist ideologies are limitless. Shoot-em-up games that give players the chance to rescue their countrymen from bloodthirsty terrorists could reinforce the message that Muslims themselves are the primary victims of Islamic extremists.

Other values can be fostered in more complex games modeled on popular strategy games like "Civilization." These games can help introduce players to the workings of open political systems and modern economies, and even make the subtle case for the education of women. Different games could be developed for different regions. A soccer game based on the venerated Iraqi national soccer team could help foster national consciousness among Iraqis, whereas a different game could be designed for cricket-mad Pakistan. Battery powered handheld games could be developed for areas where computers are scarce or electricity is inconsistent.

Video games can be funny as well. Popular sitcoms like "The Simpsons" have inspired video game spin-offs.

Guest text: Aaron Mannes, NY Sun, proyecto de researchers de Maryland para infiltrar videojuegos entre jugadores musulmanes que los inspiren a oponerse a los grupos terroristas. Mi parte favorita es la mención a "popular strategy games" like Civilization.
En cuanto a la ilustraciones de Vogue Italia "State of Emergency" by Steven Meisel, no me decido entre Hillary de rodillas o Hillary con su cabellera en cascada, o la flaca rubia que mira a cámara.
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