Saturday, October 3, 2009

Epístola ad realistas

Discurso pronunciado en la presentación de los Cuentos Completos de Fogwill (Alfaguara), en la Boutique del libro de San Isidro.
por Pola Oloixarac

Es un honor para mí participar en esta presentación de los Cuentos Completos de Fogwill, que, junto con las recientes reediciones de su obra, representa una nueva fase avanzada del proceso de canonización de Fogwill, escritor maldito entre malditos, dueño y señor a un tiempo de una prosa limpia, fogosa y dura, dueño también, según los comentaristas más avezados, de una inteligencia superior que se sabe -por su propia naturaleza supralunar- acusada de inhumanidad. Como los monstruos divinales de antiguo, que exhiben ante el corro de mortales temblorosos las dotes de su majestad brutal, la figura de Fogwill campea entre los vivos y los muertos vivos de la literatura argentina ostentando los atributos bajos de la bestia –la provocación, el desafío- con los atributos divinos de un Fogwill efigie y estandarte de una manera de pensar artísticamente –radicalmente- lo real.


Como todos sabemos, al menos aquí en San Isidro, la beatificación es el tercero de los pasos para alcanzar la canonización definitiva (que es el cuarto). Sabeedor en su omnisciencia de este destino que la teología literaria le tenía reservado, ya decía Fogwill hace unos años, en una aparición pública en otro templo, el Malba, que él había resuelto entregarnos su cuerpo, como otros donan a la Facultad de Medicina el suyo para su disección y estudio: él, Fogwill, nos entregaba su cuerpo para hiciéramos lo que nos diera la gana con él. Y como los cuerpos –también los literarios- se descomponen, a menos que con arrogancia resistan los intentos del tiempo y de la crítica gusana por carcomerlos –como fue el caso ejemplar, entre las de lengua española, de la beata Encarnación Rosales, y de la beata Mariana de Jesús-, y como la canonización no puede completarse sino hasta el advenimiento de la muerte, en lo que sigue hablaremos de la beata Fogwill, y a veces de Fogwill a secas.


En este volumen de cuentos, ustedes van a encontrar no sólo una aventura incandescente, sino también una postulación sobre qué es lo real y lo verdadero en literatura, los rastros de una guerra de trincheras venida de principios de siglo XX, y un tratado de Tordesillas que se reparte el botín de lo real, que es literario.


¿Cuál es la materia de la escritura? La clave está en pensar el realismo como antídoto y pero también como veneno de otro cuerpo literario a envenenar. Si es para ser antídoto, imaginemos que las cosas hechas por el lenguaje irradian esa loca combinación de dar vida a lo que nombran y de ser fieles a la vida misma de donde manan; supongamos que esa certeza basta para sostener que no hay –que no debe haber- un más allá de su escritura misma. ¿Puede nuestra beata negar la existencia del más allá? Sí, puede y lo hace. Porque aquí es cuando el antídoto se convierte en veneno, disparado en cerbatanas sobre otro cuerpo literario: el de la metafísica de divulgación de Jorge Luis Borges, y sus juegos de espejos, su erudición en escena, las citas literarias, y sus herederos. La postura es radical: o se crea y se escribe de cero, con el oído pegado a la boca entreabierta del lenguaje, atento al propio Big Bang; o se comulga con la mentira y se cae en la tentación demoníaca –¡de ser Ricardo Piglia! o algún monstruo peor. La beata Fogwill dice no: no a un espesor que no provenga de una humanidad capaz de emitir sangre, sexo o lágrimas; o la escritura toma su ser de la piel lasciva de las cosas, o se condena a ser jueguitos vanos en la noche de la falsedad.


Esta guerra por las ideas de lo literario, que surge de este realismo apasionado pero crítico, que se apoya en la sustancia del mundo y a la vez no para de examinar el acto mismo de nombrar, resuena en otra batalla escrita: en Ludwig Wittgenstein y su Tractatus, escrito en las trincheras de la 1ra guerra mundial. Wittgenstein escribe que hay un límite de lo que puede decirse, y ese límite se halla dibujado por lo que existe y podemos señalar, oler, percibir; lo otro, el más allá del lenguaje, no puede decirse ni puede escribirse sin caer en error, en metafísica y falsedad. Lo interesante de esta postura, no es tanto cómo les gusta a los dos partir al medio la realidad y jugar al policía kantiano de qué se puede decir y qué no: lo interesante es que ambos comparten, el soldado Wittgenstein y la beata Fogwill, una idea del lenguaje que es profundamente moral.


Porque el mundo, esto que hay alrededor, está tan plagado de irrealidad y de mentira, que sólo puede haber verdad en el lenguaje como nacimiento, como caja de herramientas y finis terrae -se termina el mundo, como llegar a ese lugar donde están las tortugas gigantes que sostienen el mapamundi. En Fogwill, decir «no haya más verdad que la del lenguaje», es decirnos: yo no puedo aceptar su sistema de creencias, yo no puedo aceptar más que el lenguaje, porque yo los he visto. Yo los he visto, recuerda el narrador de Luz Mala, «cuando evitábamos circular frente a las unidades básicas peronistas, porque ahí estaban los negros» y cómo después los mismos que les pegaban a los negros en el Club Náutico se hicieron peronistas; yo los he visto, y me he reído, «porque cuando ella me pregunta por qué río, miento y le respondo que me río de ella, porque si confesase que me río de un país, de una ciudad, de un restaurante y sus mesas semejantes donde todo nos parece natural, o real, ella no me creería, sentiría que la engaño y hasta sería capaz de reiniciar otra de sus escenas de violencia» (en La larga risa de todos estos años). Esa es la acusación moral que nos hace el realismo de Fogwill, que no debemos olvidar. Es una lección urgente, que en Fogwill se torna materia experimental cuando tira abajo la mediación de la literatura y usa sus cerbatanas venenosas afuera de los libros: y entonces su palabra en estado puro –ya sin la contención de la literatura- entra al mundo atravesando ojos y orejas. Porque toda vez que la beata Fogwill se opone al matrimonio entre homosexuales, toda vez que la beata Fogwill se pronuncia en contra del aborto, toda vez que la beata Fogwill coincide con las palabras de Su Excelencia el Cardenal Bergoglio, toda vez que la beata Fogwill denuncia el lobby del Holocausto, toda vez que la beata Fogwill afirma que seguimos viviendo bajo la democracia que nos dieron los milicos, toda vez que la beata Fogwill reclama el regreso de la conscripción obligatoria y mayor presupuesto a las fuerzas armadas, no está meramente mostrándonos sus opiniones; nos está diciendo: ustedes, señoritos de la cultura, no son verdaderos progresistas, porque ni ustedes se creen su progresismo; ustedes, señoras feministas, no son verdaderas feministas; ustedes, señoritos del pensamiento, ¡ni ustedes se creen las verdades que creen avaladas por su mano izquierda! Porque si lo fueran, si lo creyeran, no me dudarían –y es que dentro de la cerbatana, lo que pega en la nuca es el veneno de la duda.


La literatura -santificado sea Su nombre- es un monstruo divino que se arroga construirlo todo y destruirlo todo y escribe su propia novela al compás de las estrategias de guerra –que otros llaman ideologías y posturas estéticas. Y en la novela maniqueísta de la literatura contemporánea, versión sudamericana de aquella ciudad de dios de San Agustín, hay dos vías, dos agujeros cercanos pero cuyos túneles no se cruzan y que serán elucidados en el día del Juicio Crítico Final, por donde pasa la literatura: en el credo ferviente de nuestra beata, Fogwill es uno, Piglia es el otro. Pero con una condición superadora: que es justamente, la innovación que Fogwill trae sobre su propio sistema wittgensteniano del lenguaje: que si la referencia literaria está y se pone, que si yo traigo algo que «ya era» y ya existía en otro libro, es para hacerla carne de violencia y parodia. Que si me inoculo la palabra ajena, que sea para torcerle el brazo (y así, en Help a él, la violencia fogwilliana sobre Borges en su casa paradigmática: el Aleph); que si vengo a conjurar la palabra de otro, que sea para hacerla escupir otra verdad diferente e impensable, que sea para hacerle decir algo más verdadero que lo que nunca hubiera imaginado.


pronto, relato de lo sucedido y pics!!! mientras, una foto de la comida con fogwill y su primo johnny, que vive en un barco hace 20 años, y su hijo andy


15 comments:

bletemita said...

genia.
genia.
genia.

Roque Farrán said...

¡Qué buena presentación! Realmente me entraron ganas de leer a Fogwill

Ferka said...

IRL trolla.

Anonymous said...

Hola Pola, yo soy el que el otro día preguntó porqué habías borrado el post sobre Fogwill, ahora entiendo ;P. Igual te felicito, muy bueno el discurso, grande Fogwill.

diminui said...

me encanta un post tan serio en este blog que a veces raya lo maricón y lo kitsch jejejeje

"La literatura, santificado sea Su nombre, es un monstruo divino que se arroga construirlo todo y destruirlo todo y escribe su propia novela [...]"

muy bien por la poesía irónica.

xx

Dro! said...

Ahora solo queda que aparezacan un montón de nabos para martirizar al beato y listo el pollo... directo al vaticano!

Roque Farrán said...

Interesante inversión: mientras Nietzsche decía que se desmistifica para mistificar mejor, pareciera que Oloixarac mistifica para desmistificar mejor. Después de todo cada quien lee lo que puede ¿no?

Hernán said...

Ir contra la corriente no es un mérito por sí mismo. Dejar los huevos y fecundarlos en aguas seguras sí.

No me gustaría que me comparen contra otro para resaltar mi figura. En especial si me sobran méritos para resaltar.

Na said...

es realmente placentero leer este post, muy bueno; pero justo me surgieron inquietudes del estilo Roque y Hernán:

a- escupir lo impensable: ¿como un valor per se?

b- escisión "proyecto político" - literatura: ¿liberación o síntoma?

Saludos!!

fuera los giles que critican a Pola porque no tienen nada mejor que hacer! ;-)

Adriana Lis said...

Dios salve a Fogwill de las piernas de Pola

Anonymous said...

hola, pola ¿sos millonaria?

Frenzo said...

Cada vez me convenzo más de que Fogwill es puro cuento. O en todo caso, me pregunto cómo sería (él o su literatura) si tuviera el talento de Salinger

Yoga con Edith said...

Me gusta tu manera de escribr Pola!

srta.pola said...

no soy millonaria, soy de Boca


gracias Yoga con edith!!


na, hernan y roque, en un rato posteo algo por ese lado, la seguimos alla, bisouu

goolian said...

Fogwill es Pola con pantalones !
Interesante lo que dice Roque.
No será Pola la versión aggiornadísima al siglo XXI del Borges de "otras inquisiciones".

Creo que desde Anatole France nadie mencionó a las sarisas macedonias en una novela.

Y sí la literatura es un monstruo grande y pisa fuerte, ya lo advirtió Goya, "el sueño de la razón..."