por Pola Oloixarac para
Brando
Todas las épocas tienen una industria y un héroe que las caracteriza. En Rojo y Negro, Stendhal pone en escena la fascinación que Napoleón ejercía en los jóvenes ambiciosos del XIX; en American Psycho, de Bret Easton Ellis, el teatro es la sociedad triunfal del capitalismo reaganista y su héroe, Patrick Bateman, es su encarnación diabólica. Los héroes cambian según cambian los modos de acumulación de capital: en la época de Stendhal, la forma de acumular riqueza era la guerra; en American Psycho, la especulación financiera de los 80s.
¿Pero cómo se volvieron los nerds los héroes de nuestra época? No

basta con señalar las trayectorias de Bill Gates (demiurgo de Microsoft) y Steve Jobs (guía espiritual y CEO de Apple), o comentar el origen digital de los miles de millones que ya acumulan los fundadores de Google, Larry y Sergei. El ascenso al estrellato de los nerds tiene que ver con un cambio cultural que no sólo proviene de la obsesión creciente con la tecnología, o con el impacto de Internet en nuestras vidas: es un fenómeno que viene gestándose a partir del apogeo del capitalismo más salvaje, en los 80s.
Hasta el estreno de La Venganza de los Nerds, en 1984, la idea de un héroe nerd era impensable. Ser nerd no se elegía: ser nerd era algo que se sufría. El nerd era el animal omega del campo de batalla escolar. Aislados, anteojudos, objeto de burla constante, los nerds eran algo así como la clase oprimida por los chicos populares (bellos, deportistas, típicos machos alfa) y la
Venganza de los Nerds ponía en escena la rebelión de estos nerds contra los chicos populares, los que tenían el poder. Emplazadas en mundos juveniles,
La Venganza… y sus secuelas contaban una versión pop de la lucha de clases, donde el nerd, el pequeño experto en computación, se alzaba con la conquista de un objeto de deseo tan idealizado como concreto: las chicas lindas.
Estamos en el año 1984.
En el aviso de Apple titulado “1984”, el más caro de la historia en su momento, una chica con shortcitos naranjas irrumpe en un mundo gris habitado por autómatas. Perseguida por fuerzas policíacas, la chica hace estallar la pantalla donde habla, gigante, la cara de Big Brother. En la fantasía publicitaria de Apple, IBM encarnaba el estado fascista descripto por George Orwell en su novela “1984”: la cara del monopolio, del capitalismo alienante que había que detener.
Era la primera vez que una computadora (Macintosh) empleaba argumentos ideológicos para competir con otra (IBM). Por entonces el sobrenombre de IBM era “Big Blue”: las mismas iniciales de Big Brother, el mismo poderío totalizante.
Comenzaba a darse un cambio cultural: el ascenso del héroe nerd, con su rebeldía

al status quo y su rechazo a los monopolios
(al monopolio de IBM sobre el mercado de la computación, al de los chicos populares sobre el mercado sexual), se combinó fácilmente con el discurso crítico del capitalismo que habían ensayado las utopías de los sesenta. Estas utopías, que se suponían derrotadas por no haber encontrado triunfos políticos duraderos, se volvieron esenciales para la mejora de imagen que necesitaba con urgencia el capitalismo. Cada vez más,
el vocabulario
del management incorporó valores que no figuraban en el horizonte del trabajador típico del siglo XX, y sí en la agenda de artistas e idealistas: creatividad, iniciativa, autonomía personal, más libertad, menos jerarquías, más flexibilidad, rechazo al trabajo como alienación, el trabajo como realización personal.
Surge una nueva cultura de negocios; en ella,
la venganza de los nerds contra el viejo capitalismo es imprimirle el tono afectivo de su propio crecimiento. Pensemos sino en el lema empresarial de Google:
Don’t be evil (no seas malo). Es una versión del capitalismo que sólo podría venir de padres progres.
El nerd nativo
De este lado del mundo, en los últimos años se ha instalado una convicción: que existe una oportunidad para desarrollar una industria de software capaz de posicionar a la Argentina en el mapa de la tecnología mundial. El país cuenta con una de las fuerzas de trabajo mejor educadas de Latinoamérica y gran espíritu emprendedor: en la época de las puntocom, casi un 70% de los proyectos latinoamericanos fueron argentinos. Hay un mercado global de software en crecimiento explosivo, con un potencial de un retorno altísimo para las inversiones; el cambio actual beneficia las exportaciones, y la creación reciente de un ministerio de Ciencia y Tecnología parece ser otro guiño a favor. Con los pasos adecuados, el perfil productivo tradicional del país podría sufrir una revolución de la mano de una avanzada de nerds expertos en tecnología.
El entusiasmo ya cuenta con un puñado de éxitos resonantes. Mientras las puntocom se hundían en la debacle, comenzaba la historia menos conocida de las compañías que apostaron a la base tecnológica del software. En 1999, Emilio López-Gabeiras y Félix Racca fundaron Fuego Technologies, compañía de software para empresas que se vendió en 87 millones de dólares; en 1997, cinco hackers legendarios armaron Core Security Technologies, que con clientes como la NASA, Microsoft y Google, entre otros, factura millones de dólares al año y es líder en el espacio supercompetitivo de la seguridad informática. Fuego se estableció en Dallas, Core en Boston: los dos mantenían sus propios equipos de ingenieros en Buenos Aires y promovieron culturas de empresas inéditas en Argentina, con flexibilidad de horarios, jeans y zapatillas, tenencia de capital accionario de los empleados y énfasis en la investigación. Por esos años, Esteban Sosnik se puso a la cabeza de Wanako, una compañía de videojuegos para Xbox, que Vivendi compró en 2006 por una suma sustanciosa.
La nueva camada de emprendedores va por el espacio de los videojuegos,

Internet, empresas web2.0 y aplicaciones de software de inteligencia artificial. Además de proyectos, ya tienen su propio distrito:
Palermo Valley. Primo púber de Silicon Valley, el último Palermo nuclea a la comunidad de programadores, diseñadores, bloggers, entrepreneurs e inversores de Buenos Aires. Si en los noventa las puntocom eran aventuras de egresados de escuelas de negocios, la población veinteañera de Palermo Valley creció con la tecnología y con Internet. “Somos mucho más nerds, con más conciencia de la tecnología”, acota Santiago Siri, el iniciador de la movida que ya nuclea a varios cientos de geeks.

Adolescentes en la Argentina menemista, crecieron jugando con la Commodore 64, el Atari, explicándole a sus padres cómo usar sus celulares y navegar en Internet. Acostumbrados a la inundación de productos tecnológicos que se volvió masiva para las clases medias en los noventa, tuvieron un acceso prácticamente ilimitado a toneladas de cultura pop, gadgets (y pornografía): el deseo incentivó su conocimiento. Poco a poco, el triunfo de los nerds se cristalizó en un orgullo de pertenencia. Empiezan a llamarse a sí mismos
geeks, sibaritas de la tecnología, consumistas confesos, dependientes afectivos de sus computadoras, desprejuiciados y celosos de su libertad.

Los
eventos de Palermo Valley se hacen una vez al mes en distintos bares del barrio y alrededores. En las horas pico pueden verse más de 400, con una mayoría masculina que ya empieza a atraer a las chicas que vienen a la caza de geeks. Se escuchan cosas como “Antes, los chicos se juntaban para hacer bandas de rock; ahora, arman startups de Internet”.
La web2.0, la nueva ola de Internet motorizada por el contenido de usuarios, les dio una confianza en el poder de la red que deja atrás las antiguas modas individualistas. La prioridad es conocerse, compartir experiencias y hacer lo que les gusta, y en segundo lugar, ganar buen dinero con eso. No son poses, sino creencias reales. Reina la sensación maravillosa de quienes crean grandes cosas, y creen en ellas. No ponen en duda el valor del dinero ni el juego del capitalismo; para ellos, “la revolución será monetizada, o no será”.
El desafío del modeloEn otros lugares del mundo, la industria del software ha llegado a transformar

las economías nacionales. Israel pasó de ser un líder exportador de cítricos a ser uno de los actores claves de la industria del conocimiento. Allí, la demanda de tecnología militar (y un plan de educación sostenido durante treinta años) creó no sólo un ejército de ingenieros excepcionales, sino una industria civil con un volumen multimillonario en exportaciones hi-tech y un mercado interno en expansión. Desde el inicio, el modelo israelí fue plantar oficinas en Estados Unidos y vender productos de alto valor agregado. India, en cambio, se inició en la industria del software como fuerza de trabajo remota, vendiendo horas-hombre de trabajo. Tenía con qué: en India se reciben unos 700.000 ingenieros informáticos por año (cifra que supera varias veces la cantidad total de ingenieros recibidos en Argentina). Con todo, en los últimos años India está cambiando su modelo y sale a competir con software de altísimo valor agregado: su
Zoho es una especie de Office gratuito cuyos competidores son nada menos que Microsoft y Google.
¿Cuál es el modelo argentino? Parece haber dos opciones: convertirse en un país que ofrece horas-hombre (la fuerza bruta del software), o apostar a la creación de productos propios de alto potencial de crecimiento. Detrás de estas dos opciones,
hay dos modelos de universidad en pugna: uno que busca adaptar los programas universitarios al llamado de la industria, y otro que quiere seguir privilegiando la investigación, pero buscando transformar el conocimiento en riqueza y productividad. El primero nivela hacia abajo, porque en el largo plazo sólo aspira a brindar mano de obra barata para compañías extranjeras; el otro, podría desarrollar una economía del conocimiento en Argentina. Elegir un modelo de desarrollo, y atenerse a él, implica cambiar las reglas del juego argentino. Dejar de ser el lugar donde se consigue el desarrollo barato, la materia prima, el commodity que conviene cuando el cambio es favorable, y apostar a las ideas y la creatividad nativas.
¿Podrá la Argentina pasar de un modelo productivo del siglo XIX, como el agropecuario, a un modelo de negocios que se integre a la economía del conocimiento? Las últimas versiones de la utopía apuestan a que sí. No existe aún en el mundo, y tampoco en la Argentina, la gran novela de la época: pero sí existe, quizás, su héroe.