Sunday, July 20, 2014

Conferencia sobre la Nada



por Pola Oloixarac para Revista Ñ

En los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos se instala como la policía del mundo, la pregunta por el arte se vuelve un tema de gobierno: ¿qué clase de espectador es el ciudadano democrático del nuevo orden mundial? Adolf Hitler venía de hipnotizar una de las culturas más refinadas de Europa a través de pantallas y micrófonos; como ejército triunfante, Estados Unidos debe refinar las líneas de fuerza de su propia intifada cultural con una estrategia de comunicación –un ars poética- diferente del universo fascista. ¿En qué sentido el ciudadano democrático es diferente al berlinés rubio de 1933 o del campesino ruso de 1917? ¿Qué clase de arte debemos fomentar para producir buenos ciudadanos de EEUU y, por extensión, nuevos habitantes de la democracia global que patrullamos?

Las reuniones comienzan en 1941, en el Comitee for National Morale, donde asisten luminarias intelectuales como Margaret Mead, Gregory Bateson y el grupo Bauhaus, que nuclea artistas exiliados de la guerra. Al Comitee le sigue el Congress of Cultural Freedom, una de las vías privilegiadas de la CIA para invertir dinero en iniciativas artísticas anticomunistas. Como demuestra Fred Turner en The democratic surround (University of Chicago Press: 2014), la colaboración entre intelectuales y servicios secretos genera una prescripción: un arte que "juega con las reglas de percepción", un arte de formas indeterminadas, donde ni la voz autoral ni la cadencia de un final sean reconocibles, donde el mensaje en última instancia dependa del espectador. Espacios, más que obras, donde el sujeto democrático pueda transitar a sus anchas para construir en su mente (individual) un sentido que la obra no proporciona directamente por sí misma. Que podamos reconocer estos aspectos como parte esencial del paradigma artístico en boga es apenas una muestra del éxito del proyecto curatorial de la CIA.

En los años 50, la trayectoria de John Cage influido por Bauhaus es decisiva: en 1952 da el primer happening: alguien sube una escalera, otra persona deambula, Cage mismo lee; sólo el espacio parece justificar la reunión de estas acciones disímiles. El arte de Cage condensaba la nueva estética del complejo industrial militar norteamericano en busca de su ars poética opuesta al realismo soviético: cabe al espectador ejercer su libertad dando un sentido a esta nueva forma de arte liberada de la forma y de una voz "autoritaria".

La trama oculta de esta trayectoria, que pone en perspectiva la historia de las vanguardias del siglo pasado, encuentra tratamiento estético en la obra de teatro musical de Miguel Galperín, del jueves 12 al domingo 15 de junio en el CETC.

Como un cover de la "Conferencia sobre Nada" de John Cage (donde la "Nada" se sustituye por la música y el arte contemporáneos), la obra de Miguel Galperín visita la paleta del artista post Cage y repiensa la tradición de la ruptura como una bomba asordinada desde los cimientos del Teatro Colón.

Con una puesta elegante de un V-jay que rehace la grilla vertical de las "Conferencias" de Cage y Wilson virada a la oscuridad, el foco humano es Marcelo Delgado, reconocido compositor y director musical –un cover, él mismo, de Galperín. "El Teatro de arriba es evidencia o espejismo", dice Delgado, que deviene marioneta de sí mismo en un trabajo de distanciamiento erudito y muchas veces críptico que enumera y versiona el canon de lo moderno: la mezcla de discursos sin sentido, la disolución de la cadencia ("no sé cómo termina ni cuándo"), reposiciones de la famosa obra 4.33 para piano, como demostraciones concretas de los procedimientos estudiados por la Conferencia.

El trabajo en pianissimi de técnicas extendidas de la flautista Patricia Da Dalt atraviesa fantasmal el oído en zoom que pide la obra. La CIA –que también es la sigla del Campo Intelectual Argentino- surge por primera vez como la autora desdibujada de los procedimientos que la crítica especializada todavía evalúa como rupturistas y modernos, fascinada en los oasis de sus bibliografías vetustas. La obra se postula como una apuesta punk dentro del Teatro Colón que ubica al CETC como locus underground, donde se funden subsuelo y subversión.

"Inteligencia Artificial es lo que nunca necesitó a otro", le dice al público Marcelo Delgado. La estética cageana de la curaduría de la CIA es lo que requiere todo el tiempo al espectador para completarse –y sin embargo, lo deshumaniza.

No comments: